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El Salvador: Drogas ilícitas

Por Facundo Guardado para La Prensa Gráfica de El Salvador. No nos prestemos a más engaños. El causante de la ola de violencia y demás actividades delictivas es el alto precio que los consumidores pagan por las drogas ilícitas. Para el crimen organizado es una ecuación simple: riesgos sobre beneficios. El resultado neto es que los beneficios son tan lucrativos que alcanzan para comprar el producto, transportarlo, sobornar policías, fiscales, jueces, políticos y repartir otras limosnas. Y al final, acumular exorbitantes sumas de dinero y poder en tiempo récord.

A más alta efectividad en el control del tráfico de droga, menos producto en el mercado y, por lo tanto, los consumidores tienen que pagar precios más altos por el mismo. Los precios más altos son el atractivo para nuevos productores, traficantes y vendedores de armas que alimentan la batalla campal por el dominio de rutas y territorios. Esta es la espiral que se sigue alimentando.

En México van 30,000 muertos en cuatro años, habría que contar también cuántos heridos, cuántos huérfanos y cuántas personas guardan prisión injustamente, porque al final, los que de verdad estaban en el negocio cuenta con el suficiente dinero y conocen el camino para acortar las penas.

En El Salvador y C.A. hay tráfico y consumo ¡por supuesto! Ignorarlo sería como querer tapar el sol con un dedo. No hay por qué seguir jugando al avestruz, enterrando la cabeza para no ver la realidad. La diferencia es que en Estados Unidos, el número de consumidores, nominalmente, es más alto y disponen de un mayor poder adquisitivo.

Según cifras oficiales, dieciséis millones de estadounidenses reconocen ser consumidores de marihuana y un millón seiscientos mil se declaran consumidores de cocaína. Aquí en El Salvador ningún encuestador se atreve a preguntar quién consume algún tipo de droga ilícita. Seguramente, los porcentajes en relación con Estados Unidos no variarán mucho. Lo que sí varía es que aquí se consume el ripio.

Me gustaría saber si a esta altura aún hay madres o padres de familia que todavía creen que la policía, fiscalía o la procuraduría va a impedir que sus hijos estén expuestos a ser víctimas del flagelo de las drogas. Quien lo crea así, sencillamente está perdido. No hay institución estatal en ningún lugar del planeta garante de que sus hijos no serán arrastrados por las drogas. Solo la educación que provea la familia, la escuela y la sociedad tiene la capacidad de ayudar, en particular a los jóvenes, a tomar distancia del vertiginoso mundo de las drogas. Si hacemos a un lado la hipocresía, podremos enterarnos perfectamente de que no existe una sola evidencia científica de que una persona haya muerto por el consumo de marihuana. En cambio, millones siguen muriendo por el consumo de alcohol y tabaco.

Tampoco se puede seguir tratando a las personas adictas a las drogas como criminales en potencia o poniéndolos tras las rejas. La adicción debe ser tratada por especialistas en el sistema de salud, sin prejuicios, ni policías, ni fiscales, ni jueces que interfieran en el tratamiento.

Aquí en El Salvador se respira un gran entusiasmo entre funcionarios de gobierno, fiscalía y policía por el anuncio de un probable Plan Mérida para C.A. No me cabe duda que dicho entusiasmo se limita a la creencia de que habrá plata fresca, pero seguramente, ninguno de esos fiscales, policías y funcionarios del gobierno están pensando en las consecuencias.

México está peor que cuatro años atrás. Alemania, Francia, Canadá y el mismo Estados Unidos han lanzado sendas alertas a sus ciudadanos para que no visiten México.

Bien harían los encargados de definir la política contra las drogas si se concentraran en evitar que las instituciones públicas sean cooptadas por el narcotráfico y a encontrar formas de cómo reducir el componente violento de esta batalla sin cuartel.

Al fin de cuentas Estados Unidos ha demostrado que puede haber consumo, con baja violencia y sin que las instituciones públicas sean asaltadas por el crimen. Colombia también nos ha demostrado que se puede producir y exportar cocaína sin violencia excesiva.

Concluyendo, no nos demos al engaño; ni en Colombia se ha dejado de producir un gramo menos de cocaína, ni en Estados Unidos se ha dejado de consumir una onza menos de drogas ilícitas. Y ninguno de los dos está viviendo la carnicería humana que hoy, para tristeza de todos, se vive en México.

Ver nota en: http://www.laprensagrafica.com/opinion/la-palestra/171919–drogas-ilicitas.html

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