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Los arsenales: un destinatario, un remitente

Por Fernando Montiel para Gatopardo. Charles Bowden describió con crudeza y precisión algo que en México tiene sabor a certeza: “We pay mexicans to kill mexicans” (The Nation, Jul. 23, 2010). Para el periodista esta es la realidad de la “Guerra contra las drogas” que apoya los Estados Unidos en México. No importa que el Presidente Felipe Calderón diga que el 90 por ciento de los muertos son narcotraficantes (El Universal, jul. 21, 2010). No, no importan, como tampoco importan los esfuerzos para deslindar al tráfico de armas en los Estados Unidos de estas muertes: no importan las omisiones lógicas de las explicaciones autorizadas del fenómeno como tampoco importan los esfuerzos para corregirlas apuntando “explicaciones alternativas”.

¿Deslindes? Sí. Deslindes porque eso y no otra cosa es el capítulo IV del libro El Narco: La guerra fallida (Ed. Punto de lectura, 2009) de Jorge G. Castañeda. Ahí se tiene una sección cuyo título es por demás elocuente: “De Estados Unidos no vienen tantas armas como se piensa…” (p. 68). El título dice mucho, sí, pero no lo dice todo. Y es que, aunque repetida hasta el hartazgo, la frase que reza “tanto se miente con lo que se dice como con lo que se calla” no pierde un ápice de verdad. Lo que se calla grita silencios, y los silencios susurran omisiones.

¿Omisiones? Sí. Omisiones porque eso y no otra cosa es el callejón sin salida que ofrece el ex canciller que no quiso, no supo o no pudo explicar con claridad en su obra el origen de los arsenales que tienen en México puerto de llegada pero no de salida. Enfático, el título de otro apartado en el mismo capítulo de su libro no admite discusiones: “Las armas provienen de muchas partes, no sólo de Estados Unidos” (p. 78). Pero el fraude cae pronto. Esas “muchas otras partes” se hacen cada vez más difusas. Tras un análisis del mercado de armas sudamericano, el autor comete suicidio:

“Hasta el momento las autoridades mexicanas no han identificado el tipo de relaciones que prevalecen entre nuestros narcotraficantes y los mercados de armas ilegales de América del Sur” (p. 78).

E inmediatamente después, busca resucitar el argumento:

“No obstante, es tal la magnitud de lo que ocurre en las tres fronteras [Brasil, Paraguay y Argentina] que aún si el gobierno estadounidense mejorara sus sistemas de control de venta y exportación, los cárteles mexicanos podrían recurrir con mucha facilidad al contrabando de armas en Brasil, Paraguay, Argentina o Venezuela y añadir a los cargamentos de coca una buena dotación de armas” (p. 79).

Con poca discreción y mucha velocidad, Castañeda pasa del enfático “Las armas provienen…” del título del apartado a reconocer que “no han identificado el tipo de relaciones” entre traficantes de armas y drogas. ¿Y cómo termina? Con el tímido, e incierto “podrían recurrir” que utiliza al final de la sección. Por principio del tercero excluido el ex canciller es contradictorio: ¿las armas ya provienen de un lugar que no son los Estados Unidos o apenas podrían provenir? En breve: un embuste.

¿Y qué hay de las “explicaciones alternativas”? Sí, “explicaciones alternativas” –así, entre comillas– porque eso y no otra cosa son los las tonterías que se escuchan en algunos círculos de la academia y el periodismo a contrapelo de la lógica: Strategic Forcasting (Stratfor) –firma especializada en estudios estratégicos internacionales– pone el hombro, llena el hueco y ofrece “el origen” de las armas para quienes no se fueron con la hipótesis del autor de La utopía desarmada: de China, los arsenales vienen de China (“¿De dónde vienen las armas del narco?”, El Universal, feb. 11, 2011).

El círculo –dicen– es perfecto: la muerte de miles de personas bajo millones de balas no debe preocupar, eran escoria. La perfección –dicen– no requiere explicaciones: las armas no vienen de Estados Unidos, punto. Y en todo caso, las explicaciones –dicen– pueden obviar la lógica: según ellos es más fácil y barato traer armamento comprado al séptimo exportador mundial –China– que adquirirlas al primer exportador mundial, según el ranking de la autoridad indiscutible en la materia, el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI); según ellos es más difícil el contrabando de armamento entre Ciudad Juárez y El Paso o entre Reynosa y Mc Allen –separados por un viaje de 15 minutos– que traer arsenales cubriendo distancias de 12 mil kilómetros; según ellos, pues, es más difícil traer armas del otro lado del río que del otro lado del mundo. Según ellos es irrelevante también que a lo largo de los 3 mil 250 kilómetros que tiene la frontera se localicen 7 mil armerías (Washington Post, Aug. 14, 2010), armerías que, colocadas en línea a lo largo del río, resultarían en una cada 460 metros. Es más, para ellos el valor de la geografía humana es nulo: ¿que entre México y Estados Unidos se tiene la frontera más activa del mundo con un millón de cruces diarios? Son tonterías.

Si es así, entonces México es el imperio de los idiotas.

Pero no, la realidad es diferente.

Los deslindes, las omisiones y las “explicaciones alternativas” no importan: en México y para los mexicanos, las letras de Bowden hablan con verdad.

Ver nota en: http://www.gatopardo.com/detalleBlog.php?id=62

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