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Colombia: Asesinatos de jóvenes raperos en Medellín

Por Lukas Jaramillo para Razón Pública. Crónica testimonial y análisis de la violencia en Medellín desde una óptica muy particular: la de artistas jóvenes procedentes de barrios populares de la famosa y temible Comuna 13, que han encontrado refugio, esperanza y un código comprensible para recuperar el derecho a soñar.

La recomposición del crimen

Aunque es común decir que “volvimos a los años 90”, ni los indicadores objetivos ni los pocos estudios etnográficos permiten afirmar que Medellín ha regresado a la época de Pablo Escobar. En el peor de los casos, la ciudad habría retrocedido a la situación del 2003.

En Medellín no existe hoy una amenaza deliberada de los actores criminales contra la sociedad civil, y la capacidad de acción de los grupos ilegales ha disminuido notablemente. Se han ido sumiendo cada vez más en la clandestinidad y causan un número similar de homicidios al de 2003, pero su control sobre la población ha disminuido ostensiblemente y los habitantes de muchos barrios de la ciudad han recuperado el ejercicio de sus derechos políticos y libertades civiles.

No es claro por qué el narcotráfico en Colombia necesita tantas personas para operar y también por qué resulta tan violento. Se esbozan dos tesis algo socorridas:

Al parecer se da una paradoja competitiva; para permanecer en el mercado hay que demostrar la capacidad de ser violento y así hacer cumplir los acuerdos, y
La existencia de una tradición violenta en sus redes dio forma a la cultura narcotraficante en Colombia.
Medellín, como centro logístico del narcotráfico, ha venido articulando una doble ventaja estratégica dentro de sus barrios más aislados y empobrecidas. Por un lado, los narcotraficantes se han hecho a lealtades baratas y por otro lado han logrado garantizar su impunidad, que en algunos casos puede significar la penetración mafiosa de espacios institucionales como las Juntas de Acción Comunal.

Redes criminales y jóvenes

Estas redes permiten formas de cooperación mediante encadenamientos productivos que pueden llegar a ser muy resistentes y adaptativos. Para el caso de jóvenes y adolescentes, las redes clandestinas que les son propias, unidas a las del narcotráfico (transnacional o local) incluyen expendios de droga en barrios realmente miserables y sirven para armar e ilusionar pandillas, cuyos delitos antes no pasaban de robos menores.

En este contexto, los mitos de honor de las cúpulas clandestinas se confunden con los juegos de poder de adolescentes adictos a drogas fuertes, que empiezan a vivir en mundos de intensa paranoia, donde tienen que buscar enemigos o imaginárselos, con la ayuda del miedo, la desesperanza y un par de pastillas disueltas en una botella de gaseosa.

Asesinatos, explicaciones y efectos

El asesinato de Daniel Sierra (Yheil) en Medellín, el pasado 26 de marzo, eleva a cinco en tres años la trágica cifra de muertes de hip-hoppers, el nombre más apropiado para los raperos. Es significativo que las muertes de Colacho, Medina, Chelo, Gordo y Yheil en la Comuna 13 ya se hayan convertido en un trauma para toda la ciudad: los artistas deberían ser intocables para el crimen y la muerte violenta es aún más grave cuando sus víctimas son jóvenes.

La captura de los asesinos de Yheil, que se suma a la captura de los de Colacho y los del Gordo, disipa un poco del misterio en esta secuencia de tragedias que nos duelen: vamos admitiendo que no fueron un ataque directo contra el movimiento hip-hop ni contra los artistas jóvenes populares.

Cuentan los muchachos que a dos de los artistas los mataron por andar cortejando mujeres que los pillitos de esquina creían que les pertenecían; otro habría caído en el intento de un grupo por ofender a sus contrincantes, ya que el artista era vecino de un pelado implicado que le tenía cariño por algún vínculo casi familiar. Los otros dos, porque confrontaban a los delincuentes y estos habrían decidido matarlos durante un encuentro fortuito, ofendidos por el hecho de que no les tuvieran miedo ni les rindieran pleitesía.

Una segunda voz ha entrado en el debate: la Policía, cuyo discurso local maneja un peligroso hilo conductor que sugiere, entre resbalones y desespero, que casi todas las víctimas de homicidio se lo merecen, desde que se pruebe un cierto roce o involucramiento con criminales. De ahí a la limpieza social no hay más que un paso.

Los medios han hecho bien en enfocar los reflectores sobre estos eventos, pero el proceso de mediatización de estas muertes de jóvenes podría tener al menos tres consecuencias indeseables:
Criminalizar a los jóvenes y negar una historia muy rica de artistas populares, lo cual debilita la solidaridad y hace que su muerte resulte menos costosa para los criminales;
Interrumpir procesos de construcción de ciudad y de ciudadanía, descontinuando las políticas públicas que requieren más tiempo de maduración, y
Volver a abrir unas rendijas políticas informales para transar con las bandas criminales.
Políticas de seguridad

Durante la alcaldía de Luis Pérez tuvo lugar la Operación Orión, que pudo considerarse necesaria dadas las dimensiones que había tomado el problema con la guerrilla. Durante la alcaldía de Sergio Fajardo se produjo la desmovilización de las AUC, que estructuró un marco de gerencia pública para este problema específico de seguridad ciudadana. Durante la alcaldía de Alonso Salazar se han dado varios actos de valor cívico en la lucha contra el crimen, resistiendo a la presión de las bandas criminales y de sus redes mafiosas.

Hay una clara continuidad de las políticas entre las administraciones de Sergio Fajardo y de Alonso Salazar: las políticas urbanísticas, de escolarización, de apoyo a la Policía y de apertura y fomento del arte, por ejemplo.

Los artistas hablan de una ciudad más abierta y que los apoya más, una ciudad más diversa, donde los raperos de hoy empiezan a tener acceso al espacio público en su propia comuna, son hoppers bachilleres y visibles para sus propios conciudadanos, no sólo en Altavoz [1] sino en múltiples eventos barriales.

En cuanto a la política de seguridad, la estrategia concreta del alcalde Salazar habría consistido en crear espacios de coordinación y seguimiento entre los organismos de seguridad y de justicia y promover la articulación de las redes institucionales para impulsar y generar mejores condiciones para la denuncia y la colaboración con la justicia por parte de testigos. Sin embargo, la coyuntura no le ha permitido recoger réditos políticos a Salazar y se habla de que Medellín regresó a otras épocas de inseguridad, como si la criminalidad fuera cíclica y la violencia tuviera temporadas.

El arte popular, una salida

La sensibilidad de la gente ha aumentado, y hoy los artistas crean redes y formas de resistencia con nichos y nódulos a poca distancia de las retaguardias de las bandolas. Desde los años 80 y durante los 90, la resistencia alternativa para los jóvenes populares se expresaba a través del punk, con un punto de encuentro en el parque del Guanábano (o del Periodista).

Desde entonces el artista no conoce fronteras urbanas, pues hay lugares y fechas para intercambiar con gente de toda la ciudad y más allá, mientras que la vida del pelado criminal de las barriadas de Medellín quedaba encerrada en un perímetro de pocas cuadras.

El punk de esa época le cantaba a la violencia estatal, a los atropellos de la Policía, a la indiferencia de una ciudad compartimentalizada y a la insensibilidad de una parte de la ciudad que se olvidaba de la otra.

El hip-hop de hoy retoma esa función, el de Colacho, Medina, Chelo, Gordo y Yheil y los que sobreviven que son muchísimos, donde sobresalen Jeihhco con C15, Esk-lones con Radio y Jecco con Ruta Difusa: son muchos sueños, está presente una obsesión natural con la muerte, pero sobre todo con la búsqueda de vida, de muchas vidas.

Tanto Ruta Difusa como Eska-lones son caminos sin atajos, que dependen de la disciplina y del oficio. En el hip-hop hemos encontrado ternura, respeto, derecho a la ciudad y muchas ganas de vivir, enamorando, expresando, probando, creando.

El hip-hop sí molesta al criminal, pero no al que desde la cúspide ordena matar a los pelados, sino a ese mismo joven popular que tomó el camino del “éxito” individual y rápido, al pillo de esquina, al gánster adolescente.

Hay el adolescente indómito, que alza la voz por la vida, que no se deja manipular, que es rebelde y “no copia de nada”, contrario al otro, que está dispuesto a hacerse matar por una orden. La Red Elite de hip-hop de la Comuna 13 es “protesta y denuncia, también formación de seres humanos y construcción de tejido social”, dice Jeihhco, uno de sus líderes, y nos deja claro que estos pelados “están poniendo problema”, tienen ya un criterio formado, tienen posiciones, no se van a dejar manipular y tampoco engañar, porque no tienen precio, y lo que encontraron con el arte es de ellos, profundamente propio.

Al final, el primer escenario sigue siendo el territorio. En familias sin padre y donde la madre agobiada también es una alcahueta, el narcotráfico penetró y logró ofrecer un negocio en el que “desde los 10 años hay algún mandado o vuelta para hacer y a los 17 te dicen que sós dueño de un barrio”.

Ahí también están creciendo nuestros artistas, con otro imaginario sobre el éxito y la felicidad, todavía incapaces de no mezclarse con sus antiguos compañeros de clase y con sus vecinos, hoy delincuentes, y que siguen expuestos a los reacomodos dentro del crimen por reemplazos y arrebatos, que los envuelven en unos bandos artificiosos y demenciales.

Hay que encontrar un método para perseguir a los adultos, temprano, antes de que armen a más adolescentes populares.

Finalmente, la más profunda solución está en proceso y avanzamos por ese camino. Vemos una explosión popular del arte urbano con el hip-hop, sus cantantes (MC) [2], sus dibujantes (graffiteros), sus bailarines (B-boys y B-girls) y sus músicos (DJ), creando nuevas formas de solidaridad para jóvenes populares en búsqueda de sentido.

Aunque los hip-hoppers no lo entiendan del todo, muy jóvenes pero buenos herederos de una vieja historia del arte como alternativa en la adolorida Medellín, nos tenemos que dejar guiar por estos artistas.

La fortaleza de que goza hoy el hip-hop consiste en que cualquiera que busque un destino para su aburrimiento, un refugio para el desespero del hogar y un faro de identidad para la soledad de la marginalidad, puede empezar a bailar en el asfalto, a cantar sin instrumentos, ya no en el centro de la ciudad, sino desde barrios periféricos, dueño del arte gracias a un código comprensible que le permite reconstruir sin intermediación su derecho a soñar.

Ver nota en: http://www.razonpublica.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1987:asesinatos-de-jovenes-raperos-en-medellin&catid=22:regiones&Itemid=31

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