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Narcotráfico golpea a centroamérica

Por The Economist. Cuando el padre de Eduardo retornó a Guatemala tras un periodo en EE.UU., los tatuajes revelaron sus raíces en la mara. Al poco tiempo una banda rival le clavó un cuchillo en la espalda.

Eduardo (no es su nombre verdadero) tenía apenas ocho años. Para vengar a su padre, se incorporó a la banda que éste había integrado como sicario y mató al asesino. Ahora, intenta descubrir si su vida puede ofrecerle algo de la felicidad que dice nunca ha tenido. Desde enero, ha estado estudiando computación en la ONG La Ceiba. En cuanto al asesinato: “Lo disfruté”, dice sin comprender.

La cicatriz de un balazo en el pecho de Eduardo y su golpeado brazo derecho que cuelga sin fuerzas son signos de la violencia que envuelve a Guatemala y gran parte del istmo de Centroamérica. En ningún otro sitio el asesinato es tan rutinario. La tasa de asesinatos de Guatemala, de 46 cada 100.000 habitantes, es más del doble de la de México y casi diez veces superior a la de EE.UU. Honduras y El Salvador -los otros dos países que forman el “triángulo Norte”, como se le llama, de Centroamérica- son aún más violentos. Nicaragua, Costa Rica y Panamá, los tres miembros más tranquilos del grupo, también han visto incrementarse la violencia, al igual que Belize. Estos dos últimos están mucho mejor y son mejor gobernados que sus vecinos. Costa Rica es una de las democracias más antiguas del mundo; la expectativa de vida es equivalente a la de EE.UU. Los otros han sufrido lento crecimiento económico en la última década. Nicaragua es el país más pobre de América Latina continental. Casi la mitad de los niños en Guatemala tienen desnutrición crónica, una tasa peor que la de Etiopía y según el Banco Mundial, es la tercera peor del mundo. El daño es visible. Eduardo parece menor que sus 18 años.

El conflicto político agrava esos problemas. Se terminaron las guerras civiles que desgarraron a Centroamérica en los `70 y `80, entre dictaduras respaldadas por EE.UU. y guerrillas respaldadas por la Unión Soviética y Cuba. Pero, permanece una paralizante polarización de derecha e izquierda. En 2009, el presidente de Honduras fue víctima de un golpe de Estado promovido por los temores -o paranoia- sobre sus vínculos con Hugo Chávez. Este año, habrá una agria elección en Guatemala y una dudosa en Nicaragua, donde Daniel Ortega buscará el tercer mandato en violación de la Constitución.

Centroamérica se ve lanzada a la primera línea del comercio de drogas y víctima de las grandes organizaciones criminales. Casi toda la cocaína del mundo es producida en Colombia, Perú y Bolivia. El mayor consumidor es EE.UU., donde el precio de un kilo de la sustancia, aun lleno de impurezas, comienza en US$ 12.500. La ruta al mercado pasaba por Colombia hacia la punta del estado de Florida y a lo largo del Caribe. Pero, la Guardia Costera de EE.UU. cerró ese corredor a comienzos de los `90, por lo que los cargamentos cambiaron a la costa de México en el Pacífico. Ahora, México también ha incrementado la presión sobre los traficantes, al igual que lo hizo Colombia en el Sur.

NUEVAS VÍAS. Siempre flexible, el negocio de las drogas buscó nuevos territorios. Entre 250 y 350 toneladas de cocaína -casi la totalidad de lo que se envía a EE.UU.- ahora pasan, cada año, por Guatemala. Si bien hace una década, Centroamérica requisaba menos cocaína que México y los países del Caribe, en 2008 interceptó tres veces más. Las mafias mexicanas de Sinaloa, Golfo y Zetas, ahora están más activas a lo largo de la mayor parte del istmo, con frecuencia, con aliados locales, a los que les pagan con drogas.

El impacto ha sido letal. La tasa de homicidios en Guatemala se duplicó en la última década. El gobierno estima que alrededor de dos quintos de los asesinatos están vinculados al negocio de las drogas. Hasta Panamá, mucho más rico que varios países centroamericanos y un lugar favorito para el retiro de los ricos, ha visto casi duplicarse su tasa de homicidios, en los últimos tres años.

Así como usan a Centroamérica como corredor, los traficantes trasladan más operaciones hacia allí. “Pasamos por una fase, en la que cometimos el error de vernos a nosotros mismos como un centro de pasaje de los suministros, por lo que solo teníamos que hacer la interdicción. Eso no es suficiente. En Centroamérica se producen, procesan y consumen drogas,”, dice la presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla. En marzo, ante la sorpresa oficial, lo que pareció una planta procesadora de cocaína mexicana fue descubierta en Honduras.

Así como cobra vidas, la inseguridad también conlleva un alto costo económico. En total, enfrentar el crimen y la violencia cuesta a Centroamérica alrededor del 8% de su PIB, de acuerdo con un informe que difundió, este mes, el Banco Mundial. En los países más violentos, reducir la tasa de asesinatos en el 10% podría levantar el crecimiento per cápita hasta 1% por año. Los costos relacionados con la seguridad equivalen al 4% de las ventas de los negocios privados. Alberto Días Lobo, de Constructora Eterna, en Honduras, sostiene que su cuenta de seguridad creció 20% en los últimos cinco años. Walmart mudó algunas de sus operaciones centroamericanas de Guatemala a Costa Rica, en parte, debido al alto costo de los seguros causado por la inseguridad, según un ex gerente.

En el triángulo Norte, la debilidad de la acción policial y las extensiones agrestes crean el ambiente perfecto al crimen organizado. El Petén, una amplia región selvática con escasa población, en el Norte de Guatemala, se ha convertido en la zona de aterrizaje de vuelos clandestinos desde Colombia y Venezuela. En el parque nacional Laguna del Tigre, hay un “cementerio” con más de 30 aviones livianos destruidos que fueron utilizados para transportar cocaína. (El negocio de las drogas es tan redituable que los aviones son considerados descartables). Algunos lugareños son pagados por los narcos para mantener las pistas de aterrizaje abiertas.

El gobierno carece de los recursos para vigilar esa zona. Bajo el acuerdo de paz de 1996 que terminó con la guerra de guerrillas, se suponía que el país tenía que reducir el Ejército y ampliar la Policía. Solo ocurrió lo primero. El Ejército fue reducido en dos tercios, pero la fuerza policial de 25.500 hombres, es menos de la mitad de lo que se necesita, dice el ministro del Interior, Carlos Menocal. El año pasado, el presidente de Guatemala, Álvaro Colom declaró el Estado de Emergencia en el departamento norteño de Alta Verapaz y envió al Ejército. Sostiene que desde entonces solo aterrizaron dos vuelos con drogas, mientras que “antes era como un aeropuerto internacional”.

El Estado de Emergencia fue levantado en Guatemala en febrero. Pero, Colom reconoce que todavía hay cuatro zonas del país donde los barones de la droga tienen “control temporario”. Necesitaría 10.000 soldados más y 15.000 policías adicionales para recuperarlas, indica.

La cifra
10% De dos 2 millones de armas que hay en Guatemala, según una estimación citada por el Banco Mundial, solo ese porcentaje está registrado legalmente.

La cifra
350 Entre 250 y 350 son las toneladas que pasan cada año por Guatemala; es casi la totalidad de la que se envía a Estados Unidos.

Sin fuerza militar y en plena crisis
Honduras ordenó al Ejército que saliera a las calles de sus ciudades, en marzo. El Salvador hizo lo mismo, en septiembre del año pasado. Costa Rica abolió las Fuerzas Armadas en 1948. Sus 11.000 policías están “mal entrenados, mal armados y equipados y mal alojados”, admite el ministro del Interior, José María Tijerino. Los planes para reclutar a 1.000 policías adicionales por año, en los próximos cuatro años, no serán suficientes, indica. La totalidad de las fuerza tiene dos helicópteros y la guardia costera 12 lanchas de patrullaje de los tiempos de la II Guerra Mundial.

La delincuencia organizada se alimenta de otras debilidades de Centroamérica. En varios países, las debilidades comienzan en la economía, que ha tenido como base la exportación de café y otras cosechas. En los `90, inversores extranjeros establecieron plantas textiles para suministrar al mercado de EE.UU. Sin embargo, el ingreso per cápita en el triángulo Norte, más Nicaragua, creció 1,6% por año entre 1995 y 2009, apenas por encima del promedio latinoamericano de 1,5%. Los vínculos de Centroamérica con EE.UU. significaron que fuera duramente afectada por la recesión. También depende de la importación de petróleo y alimentos. Y a medida que crecieron los precios de las commodities, también lo hizo la pobreza.

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