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Centroamérica, la región más peligrosa

Por El Tiempo de Colombia. Convertida por guerrillas, paramilitares y narcotraficantes colombianos en un bazar del trueque de drogas por armas desde hace más de 30 años; y por mafias de México, en bodega para reexportar cocaína a Estados Unidos y Europa desde inicios del siglo XXI, Centroamérica está atrapada en un círculo de violencia que cada día pone más en riesgo la estabilidad de sus países y llega a cifras récord.

Primero fueron las décadas de guerras, dictaduras, inestabilidad política y propagación de la miseria. Tras los conflictos bélicos en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, que con al menos 300 mil muertos y desaparecidos coronaron al istmo como una de las más ardientes calderas del pleito este-oeste (Moscú-Washington) en diversas etapas desde 1960.

Y ahora, la zona superó a México, Afganistán, Irán, África y Colombia y se le considera la más violenta del planeta, con 33 homicidios por cada 100 mil habitantes, mientras la tasa media mundial es 9, y la de América Latina es 25, según datos de la ONU.

“La inseguridad es cada vez peor y hay más violencia”, advirtió la guatemalteca Mirna de León, coordinadora de programa del Instituto de Enseñanza para el Desarrollo Sostenible (Iepades), ONG de Guatemala. “La percepción de inseguridad en el ciudadano es cada vez más alta”, agregó, en charla con EL TIEMPO.

“La presencia de armas en la región sigue incontrolada. Y el ‘boom’ del narcotráfico viene aparejado de un alto índice de violencia y otros tipos de tráficos”, explicó. Con el pacto de paz que Centroamérica firmó en 1987 -y que acabó con las guerras de Nicaragua, en 1990, de El Salvador, en 1992, y de Guatemala, en 1996- “quedó sin resolver” el problema de la exclusión y la pobreza extrema que son “caldo de cultivo” para la criminalidad, añadió.

“La respuesta tampoco es mano dura. La respuesta es funcionar de acuerdo con las leyes. Somos Estados de derecho en los que por la fuerza no se va a imponer el orden ni se va a terminar con la corrupción institucional (judicial, policial, política, empresarial). Y no es por mano dura que se va a lograr”, subrayó.

En el 2000, a cuatro años del fin de las conflagraciones armadas del área con la firma de la paz en Guatemala (1996), empezó un acelerado aumento en los homicidios para llegar a lo que la Organización Mundial de la Salud califica como epidemia, por tener dos dígitos por cada 100 mil personas, en una región con más del 50 por ciento de sus 40 millones de habitantes hundidos en la desigualdad económica, la urbanización desordenada y la vulnerabilidad.

Estudios de la ONU mostraron que de 2 a 5 de cada 10 centroamericanos creen que la policía colabora o está involucrada con el crimen organizado y que tampoco es coincidencia que Guatemala, Honduras y El Salvador tengan la mayor cifra de armas y el mayor número de homicidios.

Con el fin de las guerras, más de dos millones de armas livianas quedaron en poder de las cadenas del mercado negro, según la ONU. Redes paramilitares y parapoliciales del área, que hicieron el trabajo “sucio” como escuadrones de la muerte de ‘limpieza social’ durante las guerras, permanecieron intactas al establecerse la paz y, con influencia política, rápidamente fueron tomadas por el crimen organizado de México y Colombia como pistoleros y misiones de logística, según Seguridad y Democracia (Sedem), ente no gubernamental de Guatemala.

De manera paralela, decenas de miles de deportados desde Estados Unidos se unieron, a principios de la década de 1990, a las ‘maras’, que básicamente en Guatemala, El Salvador y Honduras son factor esencial de inseguridad al servicio en especial de carteles mexicanos para “narcomenudeo” y sicariato.

La penetración de narcotraficantes mexicanos se intensificó hace casi 10 años y desplazó a guerrillas, paramilitares y carteles de Colombia que, por décadas, controlaron el contrabando de drogas, aunque mantienen presencia en el istmo.

Cuando a los centroamericanos se les pregunta cuál es su principal problema, una mayoría responde que es la inseguridad. Con la firma de la paz se proclamó la construcción de una nueva sociedad que, según la guatemalteca Claudia Samayoa, investigadora de Sedem, “está pendiente”.

Ver nota en: http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-9598506.html

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