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México: La violencia los obliga a dejar atrás sus hogares

Por Rodrigo Barranco, Rosa Gaucín, David Fuentes y Yovana Gaxiola  para El Universal. Gente colgada de los puentes, enfrentamientos y cabezas humanas en la calle rompen con la tranquilidad con la que diversas familias vivieron durante años; deciden dejar sus hogares para mantenerse a salvo.

Hace 20 años, como una de las muchas veracruzanas en el desempleo, Ángela decidió ir a probar suerte al norte del país. Llegó a Ciudad Juárez, Chihuahua, donde formó una familia y un patrimonio, pero abandonó todo y regresó al puerto huyendo de la violencia.

Ahora vende tamales de puerco en una comunidad del municipio de Medellín de Bravo, ubicada a 30 kilómetros al sureste del Puerto de Veracruz. Con nostalgia recuerda la casa que dejó a cargo de un vecino y su empleo en un supermercado.

Fue en 1992, cuando tenía 20 años de edad, que decidió irse a probar suerte junto con su marido y dejar con su abuela a sus tres hijos. Pronto consiguieron trabajo, ella en un supermercado y él en una maquiladora, por lo que decidieron que les enviaran a sus hijos para estar juntos.

Logró que le dieran una casa del Infonavit en una unidad habitacional, que por la violencia se quedó vacía. “Era la Villa Residencial del Real, un lugar que lució poblado, pero que acabó abandonado como pueblo fantasma tras los enfrentamientos”.

El terror de vivir en Juárez

Durante los 18 años que la familia vivió en Ciudad Juárez les tocó ver cosas “horrendas”, como gente colgada de los puentes y cabezas humanas en la calle, aunque lo que más les impactó fue el asesinato de una pareja.

“Iba mi esposo manejando y vimos que unos muchachos se atravesaron rápido y bajaron a una pareja de novios, a los que les dispararon”, narró la mujer para luego admitir que sólo bajaron la mirada para no verles la cara porque eso hubiera sido su muerte.

“Allá no salíamos y si lo hacíamos era todos juntos. Íbamos a un antro, al parque o al cine, pero todos en bola, solos no”, añadió la mujer luego de indicar que se alejaron de Juárez ante el peligro de que el crimen organizado reclutara a sus dos hijos a la fuerza, como suelen hacerlo en esa ciudad.

Esa familia veracruzana, que pidió mantenerse en el anonimato, son parte de los 160 mil desplazados en México que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados han huido de la violencia en diferentes partes del país.

En 2010 la mujer y su familia decidieron regresar a Veracruz, pero con sus propios medios por miedo a que el gobierno estatal no le permitiera cargar con sus muebles y sus bienes.

Sin embargo, la tranquilidad la pagan por la falta de empleo. “Allá sí hallas trabajo, no ven tu edad ni nada, te dan el trabajo rápido, no como aquí”.
En el campo “la autoridad no entra”

DURANGO.- Desde hace un mes José, de 46 años, llegó a la capital del estado de Durango en busca de mantenerse a salvo de la inseguridad que priva en municipios como San Dimas.

En ese lugar que se encuentra enclavado en lo que se conoce como el Triángulo Dorado están a la orden del día delitos como robos, secuestros y el vandalismo, por ejemplo, la quema de casas, según los reportes policiacos.

Para José, quien se traslada en una silla de ruedas tras sufrir un accidente hace años, el contar con una discapacidad no ha sido un obstáculo en su vida, dice. El problema es el no contar con un apoyo de alguna institución para conseguir un empleo después de verse obligado a abandonar la comunidad El Duraznito por la violencia.

Asegura que desde que llegó a la ciudad ha buscado la manera de salir adelante con la venta de golosinas en la calles que le fueron proporcionadas por personal de la Dirección Municipal de Protección Civil.

Trabajadores de la dependencia le dieron una cobija para que no pasara frío mientras dormía en la calle y en lo que encontraba un lugar estable donde dormir.

“Hay mucha inseguridad en San Dimas, hay grupos armados que se valen de su poder para quitarle lo poco que tienen a la gente, usando la violencia… así no se puede sobrevivir”, narra José, entrevistado en una colonia de la periferia de la ciudad.

El hombre que lleva consigo su sombrero que suele usar la gente del campo, menciona que a las personas en comunidades como Picachos las dejan sin nada. “Me vine a la ciudad porque allá la autoridad no entra, y si entra los sacan corriendo.

“Los apoyos que mandan para estos lugares muchos no llegan porque en el camino se los quitan, y por la falta de gobierno no se respeta nada. Hay personas que si se niegan a darles sus cosas les queman sus viviendas y matan a familias enteras”.

En tono pausado asegura que ha sido muy difícil vivir en la ciudad porque ni siquiera hay comida. “Más de cinco días tuve que vivir y dormir en las calles”, comenta. Por ahora, dice, planea escribir un libro acerca de lo que significa dejar su tierra por razones ajenas a él. “Eso me gustaría, ojalá pudiera hacerlo”, dice.

Añora regresar a su comercio en Juárez

CIUDAD JUÁREZ.- “Gerardo”, como pidió que se le llamara porque aún siente miedo, vivió en el filo de la navaja durante tres años. Como propietario de un minisúper pagó hasta dos mil pesos a la semana para que su negocio funcionará normalmente y en dos ocasiones fue secuestrado. Sus nervios y bolsillo no aguantaron y tuvo que exiliarse en Estados Unidos. Planea regresar, estima que la emergencia ya pasó.

Atribulado, al hablar del pasado que lo obligó a salir de su país, destaca que todo ocurrió a pesar de que su establecimiento se encontraba frente a la estación policiaca Oriente.

Nadie lo ayudó, ni siquiera los policías municipales a los que les daba sodas y papitas a manera de agradecimiento, porque según él le brindaban seguridad. Entonces, decidió cerrar el negocio e irse a vivir a la vecina ciudad de El Paso, Texas. Ahora piensa en regresar a Ciudad Juárez, Chihuahua, la cual, dice, le dio la espalda.

“Fue muy difícil todo lo que vivimos, nos sentimos abandonados, desprotegidos, sin apoyo y respaldo de nadie. Sabíamos que estaban duros los extorsionadores y pensé que por estar frente a una estación de policías nunca me pasaría nada, y aún así cuando llegaron quise evitar problemas y pagué, fue un error porque empezaron con mil, siguieron con dos mil y luego 5 mil por semana y fue cuando troné”.

Una luz de esperanza

“Gerardo”, al igual que decenas de pequeños propietarios que abandonaron Ciudad Juárez, no se atrevió a denunciar su problemática, perdió la confianza en las corporaciones.

“Nunca denunciamos nada porque sabíamos que estaban coludidos con los investigadores. Imagínate, si frente a la policía me secuestraron, qué puedo esperar. Me arruinaron, echaron a perder mi vida, mi familia casi se desintegra y lo peor es que nadie te ayuda ni nada, pero parece que todo eso ya quedo atrás y ahora estamos pensando en regresar. Ya abrí de nueva cuenta la tienda y espero que lo que vivimos quede en el pasado por el bien de todos”.

Tiendas de abarrotes, consultorios médicos, farmacias, tiendas de conveniencias, pequeños negocios de comida ambulante, lotes de autos, escuelas, fraccionamientos enteros, mercados ambulantes, arrendadoras, constructoras y un sinfin de comercios fueron extorsionados en los últimos años.

Durante 16 meses la familia de “Gerardo” ha vivido en El Paso donde sus ahorros se esfumaron, ya que ganar en pesos y gastar en dólares les hace perder poder adquisito. Ahora planean empezar de nuevo y volver dentro de poco.

“En el pueblo sólo quedan cuatro casas con gente”

MAZATLÁN.- La muerte de hermanos y primos en su natal Pueblo Viejo, comunidad del municipio de San Ignacio -a más de 90 kilómetros al norte de Mazatlán, Sinaloa- obligó a Desideria Madriles Barraza a abandonar su casa, separarse de sus padres, dejar sus muertos y todas sus cosas, ya que el miedo a morir, perder a su hija o esposo era más fuerte.

Hoy se ve en la necesidad de vivir en una invasión, en una casa de madera y láminas, donde el agua y la luz la obtienen de tomas colectivas.

“Allá en mi rancho no sufríamos ni por comida, teníamos buena casa, pero de sólo recordar los balazos y gritos de gente en la calle en las madrugadas, prefiero estar en esta casa y dormir tranquila”, señala.

Desideria, quien tiene un embarazo de siete meses, vive en un predio que invadió hace meses acompañada de su esposo, quien labora de albañil y de su hija de cinco años, en una colonia que se denomina Emilio Goicoechea, la cual saben que es irregular, pues el dueño de los terrenos ya murió y los predios quedaron intestados, pero tienen confianza en que les vendan para poder construir una casa y evitar sufrir los embates del agua en temporada de lluvias.

Recuerda que por años todo era paz y tranquilidad en su rancho, pero de hace cinco años a la fecha esos días quedaron en un recuerdo. “Empezó a llegar gente armada, se dice que de otras partes, no de Sinaloa porque hablan diferente”, cuenta.

Desideria conversa mientras camina a su casa, luego de comprar tortillas, leche y queso para la comida y cena. Se detiene un segundo para hacer un descanso y comenta que le tocó vivir la violencia de cerca, ver morir a sus hermanos a manos de hombres armados, ver cómo sus padres lloraban por ellos; eso, dice, es una pesadilla que la sigue siempre.

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